2019: la resiliencia

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La resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a las situaciones adversas.

Fuente: Wikipedia

Una de las acepciones que se dan dentro de la psicología a este término es la que se basa en «la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para recuperar la situación o forma original, como un arco que se dobla para lanzar una flecha o los juncos bajo la fuerza del viento».

Y supongo que eso es lo que he tenido que hacer, doblarme y aguantar el viento, el vendaval que mes tras mes no ha dejado de soplar.

Ha sido este el año de los miedos. De superarlos, claro está.

De bloquear redes sociales y aplicaciones.

De los mini-ataques de ansiedad cada vez que abría la puerta del ascensor, por no saber qué me podía encontrar.

Del miedo al ver un coche parecido al suyo y no quedarme tranquilo hasta que no lo pasara.

De ser incapaz de enfrentarme al cariño, a la intimidad o incluso al sexo de forma natural.

De pasar un fin de semana maravilloso con amigos en Anzánigo, con excursión por mi cuenta a Sad Hill. De risas, copas y cachondeo, de amistad y pasarlo genial. Y llegar a casa y encontrar que me han entrado en casa. Y que cuando los Mossos confirman que ha sido un robo, echarme al suelo llorando… de puro alivio.

Ha sido el año de tener que pedir a alguien que se quedara dentro de un bar «controlando» mientras me enfrentaba en persona a mis miedos.

De poder decirle a la cara «qué esperabas» tras todo lo que me había hecho.

De poder mantener la calma y la compostura mientras me intentaban mentir por enésima vez. De poder mirar a los ojos a esa persona y decirle que si tenía algo más que decirme, que lo hiciera, porque era la última oportunidad de hacerlo.

Ha sido también el año de enfrentarme a problemas económicos graves por problemas de pago, que me han llevado finalmente a un cambio de trabajo.

Ha sido un año de sentirme muy solo. Muy poca cosa, y totalmente innecesario.

Lo ha sido también de cansarme de esperar que gente me llamara y se interesara por mi, de ver como no contaba para los planes de casi nadie.

Pero también ha sido el año de sobrevivir a todo ello.

De doblarme como ese junco y no romperme.

De gestionar los problemas económicos por mi cuenta (gracias a las personas que se han ofrecido a ayudarme) y, ante todo, que a mi hijo no le haya faltado de nada.

De hablar cada vez más con mi hijo, compartir cosas con él y trabajar cada día para intentar ser un mejor padre, ejemplo y educador.

De aprender que puedo salir yo solo en moto si hace falta, y disfrutarlo.

De empezar a planear el año nuevo con eventos moteros variados y muchas ganas.

De conseguir un nuevo trabajo que comienzo el 7 de Enero, en el que tendré un proyecto muy interesante y del que creo que puedo aprender muchísimo.

Ha sido un año duro, durísimo y que me ha dejado lleno de cortes, golpes y cicatrices.

Pero también ha sido un año del que salgo con la barbilla alta, agotado pero seguro de lo bueno que puede ser el 2020.

Seguro de que puedo sanar, volver a sonreir y volver a ser yo de nuevo.

Feliz año nuevo a todos!

Ana, la cajera de la Galp

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Hoy he conocido a alguien.

Se llama Ana, y es cajera/dependiente en una estación de servicio Galp.

Suelo parar en estas estaciones porque, por mi banco, tengo descuento y además la facilidad de poder pagar con el móvil.

Además, hoy hacía muchísimo calor, y por la N-II pegaba un sol que me estaba castigando demasiado, y al ver el cartel al fondo he pensado en parar y refrescarme un poquito.

El caso es que hemos estado hablando un rato, mientras yo me refrescaba con una bebida «para deportistas» y me comía un helado que me ha mirado seductoramente desde las neveras.

Ana está casada, tiene al menos una hija y vive a unos 30 kms de la estación de servicio en la que trabaja.

A Ana le gusta mucho viajar en coche, y ha hecho viajes por Francia o Bélgica, aunque para ir al Reino Unido se aguantó y fue en avión.

Lo que no le gusta es ir en moto, dice que le da mucho miedo, y eso que varios primos suyos tienen y a veces le dicen de ir con ellos.

Y en eso, la verdad sea dicha, es que tiene razón.

Pero la pregunta es, ¿porqué os hablo de Ana?

¿Ha sido acaso una persona que haya marcado mi vida, dejando una impronta que jamás olvidaré?

Pues no, la verdad es que no. Ha sido sólo una persona que estaba ahí, y que ha sido agradable para compartir unos minutos.

Pero es una persona que quizás no habría podido conocer porque, como bien me ha dicho ella, las motos son peligrosas.

Habrán sido quizás 15 o 20 minutos los que habían pasado hasta que llegué a esa gasolinera donde trabaja Ana, pero el caso es que aún me duraba el temblor en las piernas y la tensión en las manos.

Porque por poco, por muy poco, he estado a punto de no conocer a Ana. Ni de volver a casa. Ni de volver a abrazar a mi peque.

Todo porque un conductor, señor muy mayor, ha decidido que estaba bien adelantar con poca visibilidad, en una curva, y con el sol de frente.

Y más aún, ha decidido que el que tenía que clavar freno y meterse al arcén era yo, porque él desde luego no ha hecho ni el más mínimo esfuerzo por moverse.

Así pues, tan sólo puedo decir… que estoy encantado de haberte conocido, Ana.

O mejor dicho, de haber tenido la oportunidad de poderte conocer.

¿Puedes devolver la vida?

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¿Puedes devolver la vida?

Entonces no te apresures en dispensar la muerte, pues ni el mayor de los sabios conoce el final de todos los caminos.

Gandalf.

Evidentemente, no se puede devolver la vida. Ni yo, ni nadie podemos hacerlo. Ni siquiera con la ciencia más avanzada podemos devolver una vida que se ha apagado.

Escribo esto en la terraza de un bar mientras espero a mi peque y su madre, tomando un café (descafeinado) a sorbos muy cortos, y no puedo evitar los escalofríos.

Cierto es que en el camino hasta aquí ha bajado bastante la temperatura, y todo apunta que hoy caerá una gran tormenta.

Aún así, estos escalofríos no parecen venir provocados por ninguno de esos motivos, sino que más bien se originan en el interior de mi cabeza.

Nunca he hablado «públicamente» de esto, aunque a alguna gente sí que se lo he ido contando, tanto una cosa como la otra. Pero hace algún tiempo aprendí que la mejor forma de afrentar las cosas suele ser de frente y con valor.

Y ahora tendría que hacer una elípsis temporal, ya que el post lo empecé a escribir hace un par de semanas, y por varias circunstancias lo he dejado en el tintero digital.

No ha sido porque no quisiera escribirlo, sino porque he estado terriblemente liado estos días, de verdad. Aunque reconozco que una y otra vez he vuelto al editor dándole vueltas a cómo enfocarlo, intentando encontrar el ángulo perfecto para afrontar un tema así de complicado.

Quitar una vida

La primera historia sucede, si mal no recuerdo (y no quiero buscar papeles para recordarlo, la verdad) en 2005.

Por aquél entonces yo conducía una Honda CBF-500 negra, mi primera moto «grande», a la que bauticé como Ororo.

Me saqué el carnet en el 2003, y esperé los dos años de rigor para poder conducir una moto sin limitar, y estaba la mar de contento con ella. Sin embargo, para viajar acompañado de la que entonces era mi pareja, vimos que se quedaba un poco corta, y opté por cambiar de moto, por una CBF600S con ABS. Repito: CON ABS.

La CBF500 no tenía ABS, y ese es un elemento que quizás hubiera alterado esta historia.

Vivía en Badalona, y para llegar a mi casa tenía que pasar por un par de calles donde se aparcaban muchas furgonetas de gran tamaño delante de una iglesia Evangélica, lo que limitaba la visión en gran medida. Además, el asfalto en esa calle precisamente estaba bastante maltrecho, con grietas por doquier.

Y en esas circunstancias, con una moto sin ABS, grandes furgonetas aparcadas y mal asfalto, circulaba yo a unos 25-30kms/h cuando de detrás de una de esas furgonetas salió un anciano andando, saltándose el semáforo rojo para peatones.

Yo circulaba por el lado izquierdo, evitando lo peor del asfalto, y en cuanto le vi me aparté como pude (con la poca habilidad de un conductor relativamente novato), pero aún así le rocé. No sé si con el retrovisor, si con mi cuerpo o con la maleta trasera. De hecho no sé siquiera si le llegué a rozar, y es algo que he pensado mil veces desde entonces. Quizás sencillamente se sobresaltó al verme y cayó al suelo.

Como decía, yo esquivé como pude hacia la derecha y acabé tirado por el suelo y la moto a un par de metros de mi (realmente iba muy despacio) y cuando me estiré y me pude levantar, ya tenía gente a mi alrededor preguntando si estaba bien, mientras yo intentaba mirar hacia el señor.

Como supe más tarde, era un señor muy mayor que sufría bastante de demencia, y al que su familia le dejaba pasear por el barrio sin control. Según los vecinos de la zona, era habitual verle deambular, cruzar la calle por cualquier lado y sin mirar.

A mi me apartaron y me hicieron sentar en un portal, mientras llegaba la ambulancia y atendía al señor.

Yo sufrí un poco de contusión, esguince en pie y muñeca… prácticamente nada, pero fue sobre todo el susto, la tensión.

Pero por la noche llegó lo peor, cuando mi pareja me confesó que los técnicos sanitarios le habían informado de que el señor había fallecido al poco de comenzar a atenderle.

Al día siguiente tuve que ir a presentar declaración a la Policía, y viendo mi estado de nervios, el agente quiso tranquilizarme diciéndome que ya habían pasado varios vecinos a testificar a mi favor para dejar claro que yo había conducido adecuadamente y que el semáforo estaba en verde para mi, y lo que os comentaba de que era habitual ver a este señor pasear sin rumbo por el barrio.

Tras esto, pasaron varias semanas en las que fui recibiendo tratamiento tanto médico como psicológico, así como información acerca del estado de la posible denuncia. Denuncia que no llegó porque la familia, viendo las declaraciones de los testigos, asumió que no se me podía culpa de nada.

Vale, es momento de tomar un poco de aire (sí, me he dedicado a releerlo todo) y pensar en el siguiente bloque…

Devolver una vida

Saltamos al año 2015. Con tres compañeros del grupo de moteros de Pallejà decidimos ir a la Isla de Man en la primera semana del TT, que se corresponde con los entrenos y suele estar menos saturada de gente.

El viaje fue bien, exceptuando un par de incidentes mecánicos (falta de gasolina y una moto con problemas de aceite que nos retrasó para llegar a un ferry e hizo que yo tuviera que ir a fondo para conseguir que nos esperase) y llegamos a destino en la madrugada del tercer día tras un infernal viaje en ferry.

Creedme amigos, si los operarios del ferry hacen cara de mareados, es que la cosa está muy jodida…

La casa en la que nos alojamos estaba al final de un camino de gravilla y uno de los días al salir uno de los compañeros salió bastante ofuscado. Camino, giro a la derecha y carretera… Usando el carril derecho.

Supongo que al ver cómo lo he escrito entenderás lo que va a pasar, ¿verdad?

En la Isla de Man se conduce por la izquierda, igual que en Inglaterra.

De hecho, nada más llegar a la isla, es habitual que a todos los moteros le vayan dando pegatinas con una pequeña flecha para pegar en el retrovisor izquierdo y así tener ese recordatorio durante la estancia.

A nosotros, por la fecha en la que llegamos, no nos dieron una.

Yo iba segundo al salir del camino, y los otros dos se habían quedado un poco mas atrás. Al darme cuenta de la situación empecé a pitar y dar golpes de gas, pero como había dicho, este compañero iba bastante ofuscado y no me hizo caso.

Como veía que la situación continuaba, empecé a acelerar, con la mentonera del casco modular levantada y gritando tanto como podía, poniéndome a su lado y sin dejar de tocar el claxon y gesticular.

No sé cuanto tiempo pasó, si diez segundos o dos minutos, pero se me hicieron infernalmente largos, al ver que no hacía caso de mis gestos y seguía sin mirarme y avanzando…

¿Avanzando hacia qué?

Pues concretamente hacia una furgoneta pick-up que en mi mente recuerdo enorme, gigantesca.

Creo que no fueron más de dos segundos los que pasaron entre que se dio cuenta y cambió de carril y el momento en el que la furgoneta pasó rugiendo a su lado a la salida de una curva.

Dos segundos, quizás menos, que hubieran cambiado todo.

Que hubieran hecho que todo se acabase para él posiblemente.

Y por eso, no es exactamente que haya devuelto una vida, como dice el título, pero sí que considero que en cierta forma he equilibrado la balanza, que de alguna manera pesan en positivo todos los besos que esta persona haya dado a su mujer e hijas desde aquel día, toda la gente a la que haya acompañado desde entonces…

La verdad es que ahora es complicado buscar el cierre a este texto, después de hablar de algo así.

Supongo que me conformaré con saber que hay una familia, unos amigos, que a día de hoy pueden seguir teniendo a esa persona en su vida, lo cual basta para hacerme sonreir.

El blanco de los ojos

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El blanco de los ojos o esclera (o Esclerótica), es una membrana que cubre casi por completo el ojo, dándole forma y protegiendo sus elementos internos. Esta membrana está compuesta por un tejido fibroso de color blanquecino que junto con la córnea forma la parte externa del ojo.

Búsqueda en Google.

El blanco de los ojos se ha usado muy a menudo como recurso literario (o fílmico) para referirse a la cercanía entre dos personajes, generalmente antagonistas.

Es la prueba de que están realmente cerca, y mirándose fijamente el uno al otro. Tan cerca están, que pueden llegar a ver incluso ese blanco de los ojos.

El blanco de los ojos de Tuco

Además, se habla de que el blanco de los ojos es un elemento único en los seres humanos y no está presente de forma general en ninguna otra especie animal, aunque se hayan encontrado ejemplares de chimpancés y gorilas con esta esclerótica blanca, igual que los seres humanos.

Así pues, tenemos dos conceptos claros que podemos extraer de esto:

  • Cercanía necesaria para poder verla.
  • Característica única de los seres humanos.

Y entonces… ¿A qué viene que comience un post hablando de la esclerótica? Pues voy a ello.

Si digo que, en mi camino al trabajo os veo el blanco de los ojos… ¿os lo creeríais?

Mi moto es alta. La BMW R1200GS Adventure es 4 cms más alta en el asiento que la versión normal, y si a eso le sumamos mi 1,78m de altura, implica que voy en una posición, además de erguida, bastante elevada.

Si sumamos esos factores obtenemos que tengo una situación perfecta para veros muy de cerca cuando, cada día, recorro los más de 30kms por trayecto que me separan del trabajo.

Tan de cerca que veo cada día muchas cosas. Continuamente hay personas desviándose en su carril y corrigiendo la trayectoria. Y cuando vas detrás de alguien así en moto, ya sabes que eso no es buena señal. Así que cuando consigues ponerte en paralelo para adelantar, de un solo vistazo puedes ver dónde está el problema…

¿Cómo vas a mantener la trayectoria recta si tus ojos están mirando hacia abajo?

¿Y porqué miras hacia abajo? ¿Qué tienes en tu mano derecha, que haga que tengas que mirar hacia abajo?

Tu móvil. Tu jodido teléfono móvil.

Cada día veo esto, amigas. Cada puñetero día.

Veo muros de Facebook, veo feeds de Instagram y chats de WhatsApp, veo emojis y textos, veo manos pulsando el botón de nota de voz, o selecciones de música.

Todo eso lo veo desde mi moto, cada día, como mínimo 4-5 veces.

No sois conscientes, está claro, de qué tenéis entre las manos. Y no me refiero al móvil. Me refiero a vuestros vehículos, circulando a 60-70 por hora como mínimo (cuando el tráfico va lento) y desviando vuestra mirada de la carretera durante larguísimos intervalos para mirar vuestros móviles.

Y en los días en los que se me ocurre miraros a los ojos, dar un toque de claxon y avisaros (pediros) que por favor dejéis el teléfono, respondéis con agresividad, hostilidad y a la defensiva, alguno incluso ha tenido la deferencia de bajar su ventanilla y dedicarme insultos la mar de creativos, o bien sencillamente mandarme a pasear.

Obviamente. A fin de cuentas así es como reacciona un niño cuando le pillan.

Y eso es lo que parecéis a veces conduciendo: niños con juguetes grandes.

Niños enfadados porque tienen que compartir el carril con el resto de niños. Niños que tienen que demostrar que sus juguetes son mejores que los demás. Niños a los que parecen darle igual las vidas de los demás, mientras ellos juegan con sus juguetes.

Y no, no es sólo el móvil: os veo rebuscar en bolsos, hacer locuras como maquillarse en marcha o incluso he llegado a ver a gente leyendo con el periódico o libro sobre el volante.

Así pues, esto lleva al segundo punto de la expresión: seres humanos.

¿Tan poco pensáis en la humanidad que jugáis con las vidas de los demás de esa manera?

¿Tan poco valoráis vuestra vida y, gracias, la de los demás?

Hacednos un favor a todos, y no desviéis el blanco de los ojos mientras conducís.

D. Castillo, 2º

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«I’m a Jedi. Like my father before me.»

Luke Skywalker
3 Castillos

Hijo de Daniel Castillo 1º, Padre de Daniel Castillo 3º y Abuelo de Daniel Castillo 4º, todo un Curriculum a sus espaldas.

Es muy fácil asumir que mi hijo se llama Daniel por mi, porque me gusta el nombre y es tradición, etc, etc. Y ojo, no digo que no tenga sentido.

Desde luego que me gusta mi nombre, tengo esa suerte de haber sido bautizado con un nombre que me encanta, a pesar de ser siempre confundido entre Daniel y David, pero bueno.

Siempre me gustó el significado que tradicionalmente se le asocia al nombre: viene del hebreo, originalmente Daniyyel o Dāniyyêl, con una simplificación a Dan-El, y se puede traducir como «justicia de Dios».

Épico, no?

Según los libros de análisis del nombre, se dice de nosotros que somos fiables y generosos, incondicional con los amigos, cariñosos y afectuosos, con mente despierta y analítica.

Pero no soy yo de los que creen que un nombre te defina, aunque en parte lo desee, y no por mi, ya que realmente me gustaría que el nombre de mi hijo se viese marcado por el de mi padre.

Que sí, que es el mismo nombre y alguna gente se empeña en decirme que mi argumentación es bullshit y no tiene sentido, pero para mi sí, que a fin de cuentas soy el que pidió ponerle este nombre al niño (y suerte que la madre aceptó!). Para mi, el nombre de mi hijo no es el mío, sino el de mi padre, y no es una extensión de mi ego que trasapase más allá de mi generación, sino un homenaje a quién me hizo, me inspiró y me ha hecho ser en gran medida ser como soy.

Y por eso, espero que mi hijo crezca para ser, en muchas cosas, como su abuelo.

Porque papá, por mucho que sea cierto lo distantes que estamos/somos, lo lejanos que son nuestros pareceres en muchas cosas, sobre todo debido a lo oveja negra que he sido siempre para vosotros, hay mil cosas en las que he querido, quiero y querré seguir siempre siendo como tú, y ojalá que mi hijo también lo sea.

Quiero que mi hijo sea generoso como tú, y que se preocupe por los demás, por su bienestar y alegría.

Quiero que sea reflexivo como tú, que repose las cosas en lugar de reaccionar sin pensar.

Quiero que juegue, igual que hacéis juntos cuando os veis, y que disfrute haciéndolo dure ante toda su vida.

Quiero que sea educado, cortés, y pida las cosas por favor, de las gracias y se disculpe si es necesario.

Quiero que sea honesto en la vida, que se sienta orgulloso de todo aquello que haga, que sea humilde.

Que sea trabajador, esforzado y dedicado para conseguir mantenerse con orgullo a sí mismo y a su familia si la llega a tener.

Por todo eso y muchísimas cosas más, mi hijo se llama, no como yo, sino como mi padre.

Felicidades, papá.

A new hope: Jabalistreffen 2019

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Pues sí, es una frase tan buena como cualquier otra para comenzar un nuevo blog, no?

Motorcycles have put me in touch with wonderful people.
As a result of that I have an elevated idea about how good everybody in the world is. — From «Why We Ride», 2013.

Es curioso mezclar algo tan diferente como Star Wars y las motos, pero supongo que así soy yo. Por no decir raro.

Mi moto tiene un nombre sacado de Star Wars, y en cierta forma sí que es una «new hope» para mi, una suerte de nuevo comienzo tras una desagradable tormenta que llegó en medio de un tranquilo día soleado y que arrastró consigo casi todo lo que creía acerca de mi vida.

Pero ahí está Mara Jade, mi nueva montura, con la que he tenido un estreno de lujo pudiendo ir a mi lugar favorito del mundo mundial, el Camping Motero de Anzánigo, a celebrar la Jabalistreffen 2019.

Y además, lo he hecho con la maravillosa compañía de mi querida bambina, amiga que se ha preocupado y me ha cuidado muchísimo todos estos meses que he estado mal, y cuya compañía ha sido toda una bendición.

Y como siempre en Anzánigo, conociendo y reencontrando a gente genial.

Uno de los detalles que más especial hace este sitio para mi es el hecho de poder encontrar siempre alguien con quien charlar, intercambiar anéctodas o rutas interesantes, o simplemente bromear tomando una cerveza o Ruavieja en el porche del Red Wagon.

Ya estoy en casa

Es esa sensación la que hace de éste un lugar único: la de saber que siempre eres bienvenido, que serás recibido con una sonrisa y que podrás descansar sabiendo que tanto tú como tu montura estáis por fin «en casa».

 

Pero estoy adelantando acontecimientos.

Primero salí de Barcelona tras hacer la revisión pertinente a Mara, y quedé con la bambina cerca de Jorba. Como ella se retrasó, yo pude disfrutar de ese excelso placer que es el «no tener prisa».

Bebí un refresco, escuché música, leí comics en el tablet… todo ello sin pensar en un sólo instante lo tarde que era o maldecir por tener que esperar.

Una vez llegó la bambina seguimos camino hasta Barbastro, donde paramos a comer tranquilamente. Y ahí entró la decisión… ¿vamos hasta Anzánigo por autovía o dejamos que nos guíe Calimoto?

Y nos guió Calimoto… ¿El resultado?

Pues ya lo veis, una locura de curvas de todo tipo cuando podríamos haber seguido esa línea roja que se ve para llegar por autovía mucho más rápido.

El único cambio que hice a la ruta que proponía fue evitar una carretera de tierra, y a partir de ahí dejé que recalculara.

Gravilla, algún boquete en la carretera, suciedad arrastrada por los tractores… pero aún así una gozada de caminos para disfrutar, una vez más, sin prisa alguna por llegar al destino. La imagen que encabeza este documento fue tomada precísamente en un momento de pausa, para quitarnos algo de ropa térmica porque la temperatura era de 23 grados (sí, en pleno febrero, de locos) y se hacía inaguantable.

Por si a alguno os pica la curiosidad de ver en más detalle, tenéis la ruta completa aquí.

Una vez llegamos al camping, tocaba descargar y relajar. Y esa cerveza que me dio la bienvenida fue suficiente para olvidar todo el polvo del camino, junto con algo de peso emocional que llevaba a mis espaldas.

¿Sabéis esa sensación de llegar a casa y quitarte la mochila? Que notas que tus hombros se relajan, que la tensión en la espalda se va diluyendo poco a poco pero de forma visible… Pues algo así me sucedió al finalmente sentarme en el porche del Red Wagon con mi cerveza Erdinger (la de la foto fue la segunda, ahora que lo pienso).

Todas las tensiones y comidas de cabeza que había ido apartando a un rincón de mi mente durante las últimas semanas/meses, se fueron diluyendo con cada sorbo de cerveza, con cada frase intercambiada con la gente que allí había…

Y hablando de gente, Anzánigo no defrauda.

Gracias Gorka, Enric y Oscar. A Gorka por el reencuentro, y a Enric y Oscar por habernos podido conocer (y hacer planes!).

El sábado comenzó con calma, sin ruidos ni algarabías, pero con energías y ganas de salir en moto (menos alguno que andaba aún durmiendo), así que después de desayunar, nos marchamos para dar una vuelta…. una vuelta que nos llevó haciendo curvas hasta Pamplona!

Y encima llegamos con celebraciones varias por las calles y un día estupendo de temperatura.

Y claro, el calor pedía a gritos un refrigerio adecuado, con lo cual pasamos del turismo al comercio y bebercio.

Pintxos, pintxos, pintxos… Poco comentario hay que hacer de una ciudad como Pamplona en lo que respecta a la comida, y eso que tal como estaban los bares estuvimos un poco limitados para poder elegir sitio (aparte de que hay que reconocer que es bastante molesto el ir cargando chaqueta, casco y demás a todas partes).

Tocaba volver y prepararse para la noche, cena y fiesta de Jabalistreffen, a probar por fin ese estofado de jabalí y disfrutar tomando unas copas con la tranquilidad de que la moto está aparcada.

Y sí, cayeron unas cuantas copas, mucho baile y muchas risas. Ah, y felicidades Gorka por el premio que te llevaste, tío!!

Hice algo más ese sábado noche, junto a la hoguera, pero de eso quizás hable en otra ocasión.

El domingo sí que hubo más ruido, o quizás era la resaca en mi cabeza que magnificaba todo, pero el caso es que nos costó levantarnos y ponernos en marcha.

La vuelta fue más aburrida, como suele serlo cuando uno deja atrás un fin de semana así, pero aún así el rodar acompañado hace que todo camino sea disfrutado.

Tres días, casi mil kilómetros, muchas risas y grandes momentos.

¿Contando todo lo que os he contado, entendéis que me pueda referir a este fin de semana como «a new hope»?