Jabalistreffen 2020

Tiempo de lectura: 5 minutos

Este texto fue escrito hace semanas, justo tras mi vuelta de la Jabalistreffen 2020, para que Charlie Moliné lo revisara y enviara a varias revistas para que quedara publicado en ellas.

De hecho, íbamos a acompañarlo con las fotos que hizo Montse durante todo el fin de semana.

Sin embargo, el 20 de Marzo empezaron a arder los teléfonos de toda la familia Anzaniguera al saberse la noticia del fallecimiento de Emilio, el «padre y fundador» del Camping.

Aunque sea tras un tiempo, este texto va para ti, Emilio.

La moto te hace feliz.

Siempre se ha dicho que hay lugares especiales.

A lo largo de la historia de la humanidad, miles de relatos han hablado de sitios de poder, de ubicaciones donde se cruzan líneas de fuerza y se puede acceder a determinadas magias o poderes.

La A-1205 a un lado, felizmente asfaltada hace unos años. El Río Gállego a sus espaldas, que se mantiene vivo y mantiene viva la comarca.

Y en medio, uno de esos lugares de poder, el Camping Motero Anzánigo.

Es como os digo un lugar de poder, que muestra su magia de una forma especial: uniendo y atrayendo a un determinado tipo de gente.

Y una vez al año esa magia se hace más patente que nunca en la reunión invernal Jabalistreffen, que lleva ya celebrándose la friolera de 32 ediciones.

Y digo friolera con todo el sentido del mundo: porque es reunión INVERNAL, y porque estamos en medio del pre-pirinero aragonés. Y las temperaturas en general suelen bajar por debajo de los 0 grados, aunque esta última edición el tiempo ha estado tan loco como en los últimos meses y no hemos tenido nada de frío, la verdad.

La celebración en sí es el sábado, siempre el último sábado del mes de febrero, y este año coincidió que además fue 29. Pero aún así, fuimos muchos los que llegamos el viernes para ir entrando en calor.

Al ser menos gente, ya permite establecer conversaciones más cercanas, ya puedes empezar a «anganiguear», hablando con unos y otros, sabiendo de donde vienen y qué motos llevan.

Este «anzaniguear» aplica a muchas cosas, incluyendo el conocer a nuevos-viejos-amigos, a interrogarnos mutuamente acerca de nuestras monturas, a pagar rondas de bebidas a desconocidos que, a su vez, te pagarán la siguiente a ti, a hablar de «hierros» y «muebles», a escuchar a los veteranos contar batallitas…

Y así ya teníamos sentadas unas bases para el día siguiente, para ese levantar perezoso propio de las resacas bien llevadas que se iría pasando gracias al café y los bizcochos del desayuno.

Las inscripciones comenzaban a las 15:30, así que había tiempo de rutear un rato en esas siempre agradecidas carreteras que rodean el camping.

Alguno incluso se aventuró a seguir las vías del tren durante un tramo por un terrible camino de tierra junto al pantano, tan sólo para poder decir «lo hice» y hacerle esa foto especial al amigo escritor fan de los trenes.

Tras la comida, siempre magnífica gracias al buen hacer del chef Charlie Moliné, tocó hacer tiempo y lanzarse a la inscripción… y con cierto orgullo infantil puedo decir que este año me llevé el número 1 de los inscritos y mi compañero de viaje el número 2.

Ahora tocaba esperar a que comenzasen las festividades… mientras iba llegando cada vez más gente!

Este año se ha visto algo particular en la Jabalís, y es que ha venido muchísima gente nueva. Se han echado en falta caras familiares de otros años (como os digo, una vez vienes aquí te conviertes en parte de la familia) pero en su lugar hemos visto a muchos grupos de moteros nuevos, incluso Pau, un joven motero (sin carnet!) que ha venido con su padre por primera vez y con el que tuve el gusto de poder hablar por la noche.

La tarde se iba calentando rápidamente mientras la gente hacía tiempo para su turno en la cena. Turno, sí, porque el número de inscritos este año ha sido de más de 230 y eso implicó tener que cenar en dos turnos, perfectamente organizados.

Hacer tiempo frente al Red Wagon con una copa de cerveza mientras Lemmy se dejaba las cuerdas vocales canción tras canción hizo que la espera fuera más que agradable.

Eso, y los viejos nuevos amigos que ya habíamos ido conociendo, hablando de mil cosas diferentes y siempre con un respeto que pocas veces se ve en los bares o calles de nuestras ciudades.

La cena fue estupenda, a elegir entre secreto estofado y, como no, jabalí. Y para templar el cuerpo, un caldito caliente (muy caliente, mi lengua aún se acuerda) que fue más efectivo que la mejor pócima curativa que pudiera preparar un druida.

Una vez terminado el segundo turno de cena y recogidas las mesas, tocaba la fiesta. Y para empezarla con alegría, sorteo de regalos!!!!

Aquí entró en juego Pau, el joven motero (sin carnet) sirvió como mano inocente y repartió regalos entre los asistentes: chaquetas, guantes, bragas de cuello y hasta un casco!

Y tras los regalos… música!!!

Dani, al frente de Generación POP, nos deleitó una vez más con un surtido de canciones de hace unos cuantos años, empezando (y esto ya empieza a ser un clásico) por el Qué Pasará de Rafael… con su toque especial.

Unos dando saltos y cantando, otros sentados bebiendo, otros nos salimos fuera a acercarnos a la hoguera y seguir charlando.

Esa hoguera que algo tiene que cada año me lleva a pasar un rato a su vera, dejando que en mi mente vayan quemándose aquellas cosas malas que han pasado en el año anterior. Es un punto de reinicio, y creo que por eso muchos de nosotros nos sentimos atraídos por ella.

Las dos de la madrugada es momento de la recena, y el pan con jamón encuentran su hueco en nuestros estómagos que, tras unas cuantas bebidas, ya iba pidiendo algo sólido.

Una copa sigue a la otra (ya os dije, anzanigueando) y seguimos conversando y con la música de fondo hasta que, sin darnos cuenta, nos han dado casi las 4 de la madrugada.

Irte a la habitación con ataques de risa por cualquier tontería que vas hablando por el camino es indicativo de lo bien que te lo has pasado, pero toca dormir unas horas que al día siguiente hay que volver a casa.

Y para recuperar fuerzas, nada mejor que un buen desayuno con huevos fritos y longaniza/chistorra. Las caras antes y después del desayuno son como las de los anuncios de los gimnasios, de estar hechos polvo a la más reluciente de las sonrisas. Aunque bueno, con un desayuno así de copioso la analogía del gimnasio quizás no sea la más correcta…

Pero toca ir espabilando, gente, que el camino de vuelta es largo (para algunos más que otros).

Y una vez más, se demuestra la magia. El intercambio de teléfonos, el hacer grupos con esos nuevos-viejos-amigos para volver a casa compartiendo camino, el comentar cuando podemos hacer la siguiente quedada o ruta por nuestras zonas de origen…

Y como siempre, el agradecimiento a Charlie Moliné y todo su equipo. No es sólo que sean trabajadores de primera, es que además lo hacen siempre con la mejor de las sonrisas y nos dan cariño cada vez que vamos. A Montse por todas las fotos que nos fue haciendo durante el fin de semana, a las cocineras a las que con gusto ayudamos con esa pedazo de olla de caldo, a los chicos de las barras que sois amor puro, todo sonrisa y buen rollo.

No sólo vamos a un «camping», sino que vamos a un lugar de familia, a un lugar especial para todos los que alguna vez lo hemos pisado.

Como dice mi hijo, es «mi sitio favorito del mundo mundial».

Y en 2022… quizás él pueda venir en moto conmigo.

Pre-cumpleaños, paseo por Francia y el espíritu motero.

Tiempo de lectura: 5 minutos

We speak the same language.

Jean Paul, french drunk biker.

El planteamiento del fin de semana era claro: salir yo solo a despejarme, a romper barreras personales y salir de mi zona de confort. Y también, porqué no, pre-celebrar los 42 años que he cumplido.

Y vaya si lo he hecho, joder.

Para empezar, el atreverme a salir yo solo con la moto por ahí, cosa que sólo había hecho una vez con anterioridad (y fue un viaje muy básico por autovía).

A eso le añadimos el empezar a probar el tema del camping, cosa que nunca había hecho anteriormente por mi cuenta. Sólo en dos ocasiones antes había dormido en tienda de campaña de adulto, y de pequeño con mis padres eso del camping no era una opción. Y bueno, ya he aprendido que… que tengo mucho que aprender! Pero poco a poco, cuento con gente que sé que me puede enseñar muchísimo, y estaré encantado de aprender.

Y encima decidí que, tomando mi amado camping de Anzánigo como base, me daría ni más ni menos que un paseo por Francia, atravesando los Pirineos y luego realizando lo que llaman «la ruta de los cols», una sucesión increíble de puertos de montaña, hasta volver a entrar en España para llegar a comer a Pamplona.

La ruta por Francia fue algo tal que así:

Saliendo desde el camping la carretera tiene dos sentidos muy diferenciados:

A la izquierda, dirección Ayerbe, el asfalto es perfecto, limpio e ideal para «fluir» de una curva a la siguiente.

A la derecha, dirección Jaca, es todo lo contrario. El presupuesto se debió agotar y nos queda una carretera bacheada, sin marcas de carriles, con restos de gravilla y suciedad.

Y ese es el camino que yo tomé.

Primero disfrutando del Puerto de Oroel antes de cruzar Jaca y Castiello de Jaca, siguiendo la carretera hasta Canfranc, donde se puede disfrutar de la preciosa estación de tren.

Canfranc Estación

Y tras eso ya llegamos a Candanchú, conocido por todos por la estación de esquí, pero que además tiene unas carreteras increíbles llegando al puerto de Somport donde atravesamos una inexistente aduana que nos hace entrar a Francia.

La carretera discurre apaciblemente junto a un río, pasando por poblaciones como Cette-Eygun o Estanguet.

Más adelante llegamos al Col de Boésou, al Col de Labays, Soudet y Suscousse.

Comienzan más adelante a verse nombres de pueblos en Euskera, como Larrau, y más adelante llegar a Col Heguidhouria, Burdincurutcheta, Haltzako Lepoa…

Seguimos camino y pasamos por los restos de la Fábrica de Armas de Eugui, ya cada vez más cerca de Pamplona, donde por fin pararé a comer (y vaya comida!).

Tras comer y descansar un rato, tocaba volver al camping para la reunión de Sidecars 2019 y poder por fin conocer a gente como Pedro Sidecar.

Y el domingo ya la vuelta para casa, a ritmo tranquilo y tomándomelo con mucha calma.

Y el motivo… El porqué decidí este tipo de viaje era claro: necesitaba aire, necesitaba estar solo y respirar hondo sin presiones de ningún tipo. Tras los últimos meses me apetecía necesitaba disponer de ese tiempo para mi, de afrontar ese pequeño reto.

1111,7 Kms…

Y seguramente muchos de los que me leáis (es decir, 3 de los 4 que seréis) os sorprendáis al considerar un viaje tan insignificante como un reto, teniendo en cuenta lo mucho que salgo en moto y esas cosas… Y sin embargo lo es.

Y es que yo soy un motero tardío.

Nunca tuve una moto de pequeño, ni mi padre me enseñó a montar, ni tampoco cosas de mecánica. De hecho, nunca tuve la típica bicicleta de cross con la que la mayoría de moteros han empezado, sino que aguantaba con una de paseo heredada de mi hermana mayor.

Me saqué el carnet a los 26 años, y no tuve moto durante los dos primeros de carnet (a excepción de una pequeña Scoopy 50), así que empecé con las motos grandes a la ya generosa edad de 28 añazos.

Debido a esto, no tengo la experiencia que muchos otros han vivido desde pequeños, ni me he caído como ellos ni he aprendido con motos de campo por el pueblo, ni a trucar las motos para ganarles un par de caballos de potencia, ni los tubos para hacer que sonaran a moto grande, ni ninguna de esas cosas que todos aquellos super moteros de pro parecen haber hecho.

Sin embargo, hay algo que sí que creo haber aprendido bien, y es acerca del punto final que he puesto en el título.

Por supuesto, estamos hablando de un espíritu, así que la interpretación es variable según cada uno.

Pero os voy a contar algunas cosas que están incluidas dentro de lo que yo entiendo por «espíritu motero«:

  • Es saber que donde vayas serás bien recibido por otros moteros, sean de donde sean.
  • Es que unos amigos te presenten a sus amigos, y ellos te acompañen al día siguiente y te inviten a una barbacoa.
  • Es parar en una gasolinera y poder charlar un rato, mientras estiras las piernas, con esos ducatistas que hay en la mesa de al lado.
  • Es compartir una cena entre catalanes, un francés y un madrileño, haciendo esfuerzos para entendernos y bajando Google Translate para ayudarnos con las palabras difíciles.
  • Es invitar a tu mesa a un desconocido que está solo, y hacer que se sienta bienvenido entre los tuyos.
  • Es encontrar carreteras increíbles a base de perderte.
  • Es descubrir paisajes que te quiten el aliento.
  • Es pararte en la carretera si ves una moto detenida, para saber si está bien, si necesita algo, o si sencillamente está perdido y buscando indicaciones.
  • Es saludar al motero con quién te cruzas, diciéndole con ese gesto que si te necesita ahí estarás.
  • Es llevarte para casa un vaso de plástico del Hellfest, regalado por ese motero francés que saca de quién sabe donde una botella de licor con sabor a menta (y sorprendentemente bueno) y la comparte contigo.
  • Es dormir en la gloria gracias a la familia de 3 en sidecar y al calefactor prestado.
  • Es llenar la agenda del móvil de contactos de esa gente que te vas encontrando, con un «Nombre ANZANIGO», o «Nombre GRUPOMOTERO», sabiendo que el día menos pensado te los podrás volver a encontrar.

Y para vosotros, ¿qué es el espíritu motero? ¿Qué gestos o actitudes hay dentro de ese espíritu motero?

¿Qué situaciones habéis vivido que os hagan decir ESTO ES?

Os pido que me contestéis a estas preguntas, ya sea en los comentarios, en redes sociales o bien en un mail a dan@dancastle.es.

Espero vuestras respuestas!